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Fuente: EP 26/08/08

 

EEUU ya no es el gigante imprescindible  

En su último discurso sobre el Estado de la Unión, George W. Bush evitó hacer un balance de su mandato. No fue casual. Las cifras difícilmente le pueden ser más desfavorables: recibió un país con 236.000 millones de dólares de superávit fiscal y lo dejará con una deuda pública de 3,5 billones.

El déficit por cuenta corriente está en torno al 8% del PIB, más de 800.000 millones de dólares. Entre 1996 y 2001, los ingresos de las familias de clase media aumentaron en 6.000 dólares. Durante su presidencia, han caído en promedio unos 1.000 dólares, mientras que sus gastos sanitarios se han duplicado, de los 6.000 a los 12.000 dólares.

Pero las malas cifras económicas no serán el único legado que heredará el 44 presidente de EE UU cuando tome posesión del cargo el próximo enero. En un sondeo de Pew realizado en diez países en 2001, el 58% de los encuestados tenía una opinión favorable de EE UU; hoy esa cifra es del 39%. En pocos lugares del mundo esa caída ha sido tan dura como en Europa. En 2002, el 64% de los europeos consideraba deseable el liderazgo de EE UU en los asuntos mundiales, frente al 31% que lo veía indeseable; a finales de 2007, esa visión se había invertido: 36% frente a 58%.

El sentimiento antiamericano es especialmente peligroso, porque afecta a su seguridad nacional en la medida en que el terrorismo es una amenaza planteada básicamente por los llamados “actores políticos sin Estado”, cuyo control o eliminación requiere de la cooperación de los Estados y la sociedad civil de muchos países. Todo ello ha herido seria –pero no irreparablemente– el prestigio de sus valores, sus instituciones y su cultura, lo que Joseph Nye llama el soft power de EE UU, en muchos sentidos bastante más importante que su poderío militar.

Una guerra muy cara

Las causas del deterioro son múltiples. Una de las más importantes es la guerra de Irak, que podría terminar costando a los contribuyentes dos billones de dólares o más; es decir, la guerra más cara que haya librado EE UU, con la excepción de la II Guerra Mundial. Según la oficina presupuestaria del Congreso, hasta septiembre de 2007, el Gobierno había gastado 413.000 millones de dólares en Irak, lo que le ha costado a cada familia de cuatro personas unos 16.900 dólares.

El último libro del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz lleva un título elocuente: “La guerra de los tres trillones de dólares”, una cifra que incluye los pagos de intereses por la deuda contraída por la guerra, las pensiones por incapacidades físicas de los veteranos, la subida del precio del petróleo y el aplazamiento de inversiones productivas, una suma que podría haber pagado los costes de la Seguridad Social durante al menos medio siglo. Según sus cálculos, en el aumento de la deuda pública desde 2000, un billón le corresponde a la factura de la guerra.

En enero de 2007 murió el último veterano estadounidense de la I Guerra Mundial que cobraba una pensión de invalidez. Cada año, el Gobierno federal paga 12.000 millones de dólares a los veteranos de la guerra de Vietnam, una cifra que no ha dejado de aumentar 35 años después de su fin. De los 700.000 soldados que se desplegaron en la guerra del Golfo, que sólo duró un mes, un 40% de ellos reciben pensiones por minusvalías.

EE UU seguirá pagando por la guerra de Irak al menos hasta 2055 Si esas guerras sirven como antecedente, EE UU seguirá pagando por la guerra de Irak al menos hasta 2055. Una tercera parte de los 1,6 millones de soldados que han pasado por Irak o Afganistán han necesitado algún tipo de tratamiento médico y al menos 70.000 han sufrido heridas graves en combate. Si las tropas se retiran de Irak en 2009, los pagos a los veteranos equivaldrán a lo que ha costado la guerra misma hasta ahora: en torno a los 500.000 millones de dólares.

Yahya Sadowski, profesor de la Universidad Americana de Beirut, escribió en 2003 en un artículo en “Le Monde Diplomatique” que la invasión de Irak tenía como propósito último multiplicar la producción petrolera iraquí para inundar los mercados mundiales de crudo y hacer bajar el precio del barril hasta los 15 dólares, lo que estimularía la economía de EE UU, “liquidaría” a la OPEP y quebraría la economía de sus miembros más díscolos, como Venezuela o Irán.

Pero según Anthony Cordesman, un experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, si la guerra se hizo por el petróleo, los resultados no pueden haber sido peores: “Hemos gastado más en la guerra que todo lo que hubiéramos podido obtener de los pozos iraquíes, incluso con su control absoluto”.

Los hechos han demostrado que no se puede librar una guerra y bajar al mismo tiempo los impuestos: hacerlo y mantener sana la economía es imposible, incluso si China la subsidia comprando masivamente bonos del Tesoro.

El gran problema del dólar

Los ciudadanos de la superpotencia han tenido el privilegio de consumir más de lo que producen gracias a que pueden financiar la diferencia pagando con la moneda que sólo la Fed puede emitir. Pero su depreciación significa que tendrán que comenzar a gastar menos y producir más.

El mayor problema de las medidas de emergencia de la Fed es que pone en riesgo enormes cantidades de dinero, lo que tiene un impacto directo sobre el valor del dólar. A medida que la Fed inyecta liquidez en el sistema financiero para evitar una recesión y aliviar la crisis crediticia, el dólar acelera su caída, lo que dispara los precios del petróleo (un 60% desde septiembre de 2007), los alimentos y el resto de las materias primas en los mercados mundiales.

Si el dólar hubiera mantenido su valor frente al euro, el barril de crudo estaría en torno a los 70 dólares. En lugar de vender su petróleo por una divisa de incierto valor, los países productores prefieren mantenerlo bajo el suelo, lo que encarece su precio. Por su parte, los tenedores de bonos del Tesoro ven cómo sus ahorros pierden valor a medida que se devalúa el dólar. Los mil dólares que cuesta hoy una onza de oro es un buen indicador de la pérdida de confianza de los inversores en la política monetaria de la Fed.

Riesgo para la seguridad

En su último informe ante el Comité de Inteligencia del Senado, el director de la Agencia Nacional de Inteligencia de EE UU, Michael McConnell, dijo que la caída del dólar se ha convertido en un riesgo para la seguridad nacional debido a que productores de petróleo como Irán o Libia están pidiendo que se les paguen en monedas distintas al dólar. Si su depreciación no se frena, advirtió, otros países seguirán su ejemplo.

La huida de los inversores del dólar ha hecho menos atractivos para los inversores las acciones y bonos de compañías norteamericanas en momentos en que éstas necesitan urgentemente capital. Mientras, el aumento de los precios del petróleo y las materias primas reduce el ingreso disponible de los consumidores, aumentando las posibilidades de una recesión prolongada.

Los precios de las importaciones han aumentado un 14% en el último año, lo que significa que EE UU ya está importando la inflación que ha generado la Fed, especialmente en China, cuyos niveles de precios se han triplicado en el último año. Aunque un dólar más barato ha ayudado a aumentar las exportaciones, lo que ha reducido el déficit comercial, el encarecimiento del crudo ha descompensado esos beneficios.

Algunos analistas creen que la inflación en EE UU ya ronda el 10% si se tienen cuenta la subida de los combustibles y los alimentos (19% desde septiembre). Los actuales tipos de interés son ya negativos en términos reales si se considera incluso la inflación básica (core inflation), del 2,3%.

El declive industrial americano

Por otra parte, el declive industrial de Estados Unidos indica que la nación autónoma de la inmediata posguerra se ha convertido en el centro de un sistema cuya vocación es consumir más que producir. El país es esencial para el mundo no por su producción, sino por su consumo, que en 2006 representó el 70% del PIB, frente al 61% en Reino Unido, el 59% en Italia o el 55% en Japón, Alemania, Francia y Canadá.

Mientras que en 1929 el 44,5% de la producción industrial mundial estaba en EE UU, en comparación con el 11,6% de Alemania, el 9,3% de Gran Bretaña y el 2,4% de Japón, hoy su producto industrial es inferior al de la UE y Japón. El sector manufacturero en EE UU ha perdido 3,7 millones de empleos en los últimos siete años. Las manufacturas representan hoy el 10% de los puestos de trabajo y el 12% del PIB, aunque supone el 50% del gasto en I+D.

En los 40 años posteriores a la II Guerra Mundial, el mayor empleador de EE UU era General Motors; hoy es la cadena de supermercados de descuento Wal-Mart, que contrata a sus empleados por salarios muy bajos y con empleos temporales o precarios.

Los servicios financieros, en cambio, han crecido dos veces más rápido que la industria manufacturera en los últimos 20 años, lo que ha agudizado lo que el ex primer ministro francés Michel Rocard llama el “divorcio entre capitalismo y economía de mercado”, es decir, el desvío de la liquidez hacia lo inmaterial y lo especulativo.

Improductividad

La actividad financiera puede generar grandes beneficios, pero son muchos los economistas que advierten que una tasa de beneficio elevada en actividades con escaso potencial tecnológico e industrial conduce a la improductividad. En Estados Unidos, los beneficios de los servicios financieros fueron el 47% de los beneficios corporativos totales antes de impuestos en 2007.

Ese modelo productivo explica, entre otras cosas, el escaso interés mostrado por EE UU en moderar su consumo energético. A lo largo de su historia, europeos, japoneses, chinos o indios, por ejemplo, han tenido que luchar contra el agotamiento del suelo y la escasez de los recursos naturales. En Estados Unidos, en cambio, una población liberada del pasado descubrió una naturaleza aparentemente inagotable.

Según escribe Emmanuel Todd en su libro “Después del imperio”, en EE UU la economía dejó de ser una disciplina que estudia la asignación óptima de unos recursos escasos para convertirse en “la religión de un dinamismo desinteresado por la noción del equilibrio”.

Un mundo multipolar

Todo el mundo se verá afectado en mayor o menor medida por la forma en que el próximo presidente de EE UU resuelva los desafíos del legado de Bush. En los peores escenarios, los analistas prevén un pánico bursátil de proporciones nunca vistas seguido del hundimiento del dólar en un encadenamiento que pondría término al estatus económico “imperial” de la superpotencia.

La Unión Europea, que debido a la caída del dólar ya tiene un PIB mayor que el de EE UU, no podrá evitar las turbulencias. En 2007, la producción combinada de ambos gigantes ascendió a más de 23 billones de dólares (la UE-27 superó en dos billones de euros a EE UU), lo que representa más del 60% del PIB mundial y algo más del 40% si se mide en paridad del poder de compra en vez de a tipos de cambio de mercado.

Ambas regiones son además responsables de casi el 60% del comercio global (400.000 millones de euros anuales); en ellas se generan más del 75% de las inversiones extranjeras mundiales, cuentan con la mayoría de los votos en el FMI y el Banco Mundial, poseen las dos únicas monedas de reserva internacionales y tienen un poder de decisión casi total en el G-8 y un peso muy significativo en la OMC. El 75% de la inversión directa exterior de la UE se dirigió a EE UU, que, a su vez, envía un 60% de su inversión directa a la UE.

Lo que parece inevitable es que el siglo XXI ya no será otro “siglo americano” debido al surgimiento de un nuevo orden multipolar, no necesariamente más equilibrado o democrático. El experimento de capitalismo autoritario que tiene lugar de manera notable en China y en la Rusia de Vladimir Putin demuestra que el capitalismo liberal no es la única forma de capitalismo posible. Probablemente la gran lucha ideológica del siglo XXI se librará en torno a las distintas versiones del capitalismo.

Algunos analistas creen que el llamado “consenso de Washington” pronto será reemplazado en buena parte del mundo en desarrollo por un “consenso de Pekín” basado en el desarrollo liderado por el Estado y en la ausencia de libertades públicas y derechos democráticos.

El autoritarismo parece inherente a los “petroestados”, que se independizan económicamente de sus ciudadanos al no necesitar de sus impuestos para financiarse. Desde 1999, los ingresos anuales de los países de la OPEP se han cuadruplicado, hasta los 670.000 millones de dólares en 2007. En 2007, el consumo mundial de crudo fue de 86 millones de barriles diarios, un 13% más que en 1999.

A 100 dólares el barril, el valor de las reservas probadas de crudo de los países exportadores de petróleo es de 104 billones de dólares, una cifra equivalente al valor conjunto de todas las acciones y bonos cotizados en las bolsas del mundo. Unos 48 billones pertenecen a los países miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudí, Qatar, Omán, Kuwait, Bahrein y Emiratos Árabes Unidos). Los demás países de la OPEP poseen 44 billones y los no miembros (Canadá, Noruega, México y Rusia), 12 billones.

India y China, por otra parte, están regresando al papel económico que tuvieron hasta el siglo XVIII, lo que quiere decir que, al menos en términos económicos, el mundo multipolar ya ha comenzado. Y a los términos económicos tarde o temprano les siguen, por lo general, los políticos y militares.

Países en auge

Aunque China está a décadas de distancia de tener una flota de portaaviones y submarinos nucleares como los que permiten a EE UU proyectar su poder globalmente, el gigante asiático está aumentando su gasto militar a un ritmo del 16% anual. Su presupuesto de defensa es de 59.000 millones de dólares (un 1,4% del PIB), una fracción del de EE UU (4,6% del PIB), pero suficiente para derribar, como hizo en enero de 2007, uno de sus satélites en órbita a 800 kilómetros de altura con un misil, lo que amenaza con desencadenar una carrera armamentista en el espacio.

Una docena de países ya son capaces de poner satélites en órbita, lo que quiere decir que también tienen capacidad para derribarlos. Un ataque a gran escala a la red internacional de satélites haría colapsar las telecomunicaciones globales, lo que arrastraría al sistema financiero y a la economía mundial.

El mundo que emerge

La nueva multipolaridad de la globalización es evidente en los países emergentes, que en los últimos cuatro años han acumulado un superávit por cuenta corriente de 2,5 billones de dólares y que este año excederá los 625.000 millones, una suma que ha estado financiando los déficits gemelos de EE UU y que ahora les permitirá estimular sus economías con políticas contracíclicas.

En 2007, los países en desarrollo representaron el 52% del crecimiento mundial, frente al 37% de los años 90. Su proporción del PIB mundial es hoy del 29%, cuando en 1995 era del 18%. El año pasado China representó el 17,8% del crecimiento global, frente al 14,6% de EE UU. Las empresas de los Brics (Brasil, Rusia, India y China) absorbieron el año pasado el 39% del capital de las salidas a Bolsa mundiales.

A pesar de la desaceleración del mundo desarrollado, que no crecerá este año por encima del 2%, esos países lo harán un 7,4%, debido, entre otras cosas, a que el gasto de capital creció un 17% en 2007, frente al 1,2% de los países ricos. El 75% de las reservas mundiales de divisas, de seis billones de dólares, están en sus manos. Sus fondos soberanos tienen otros 2,5 billones más en sus arcas. La capitalización de sus bolsas es de 17,8 billones, frente a los 2,2 de 2000. La de las bolsas de EE UU es de 17,5 billones.

El consumo de los 17 mayores países en desarrollo equivalía al 48% de EE UU en 2000; hoy es el 65% y en 2017 podría superarlo. El comercio mundial está cambiando como resultado: en 2000, EE UU importaba el 20% de los bienes y servicios del mundo; en 2000, sólo el 14%, mientras que en los países emergentes esas cifras han ido del 33% al 40,6%. Las exportaciones chinas a EE UU sólo representan el 8% de su PIB, las de India el 4%, las de Brasil el 3% y las de Rusia el 1%.

La conquista china

En África, Irán o Asia central, China no sólo está comprando materias primas: está desplegando un ejército de ingenieros para construir infraestructuras y está empeñada en un programa de inversiones estratégicas en defensa y el sector financiero, llenando todos los vacíos de poder que encuentra a su paso, sobre todo en Siberia, donde Rusia, cuya población disminuye a pasos acelerados (tendrá la misma población que Turquía en 2025) no puede contener el empuje demográfico chino. El experto en geopolítica indio Paragh Khanna sostiene en su libro “El segundo mundo” que Rusia tendrá que decidir en un futuro cercano convertirse en un aliado estratégico de la UE o en un “petroestado vasallo de China”.

En el sureste asiático, donde vive una diáspora de origen chino de 35 millones de personas, el “Imperio del Centro” ha construido una “esfera de co-prosperidad” que eventualmente podría crear su propio fondo monetario internacional y una moneda única para aislarse de las crisis financieras occidentales. Malasia y Tailandia aún realizan ejercicios militares conjuntos y maniobras navales con EE UU, pero al mismo tiempo han firmado acuerdos militares con China, incluyendo el Tratado de Amistad y Cooperación, un pacto de no agresión de los países de la zona.

El cuadrilátero India-Japón-Australia-China ya comercia más entre sí que con la otra orilla del Pacífico y ha comenzado a extender sus redes en el Asia central, absorbiendo en su órbita a miniestados fallidos como Tayikistán o Uzbekistán e incluso al gigantesco y muy rico en petróleo Kazajastán. La Organización de Cooperación de Shanghai, que une en su seno a China y Rusia, podría incluso convertirse en una “OTAN del Este”.

Con alrededor del 20% de la población mundial, China consume la mitad del cemento del mundo, el 30% del acero y el 25% del aluminio y desde 1999 ha multiplicado por 23 veces el cobre que consume. Hasta ahora, China no parece haber acusado el frenazo de la economía norteamericana: sus exportaciones a EE UU sólo han caído un 5% en el último año, mientras que las que se dirigen a Brasil, India y Rusia han crecido un 60% y a los países de la OPEP un 45%. Más de la mitad de las exportaciones chinas van ahora a países emergentes.

Según datos oficiales del Gobierno chino, el comercio entre China y América Latina superó los 102.000 millones de dólares en 2007, un 46% más que el año anterior. El comercio de China con África, por su parte, alcanzó los 73.000 millones. Chile, Perú y Argentina exportaron a China alrededor del doble de lo que importaron de ella, pero México, Centroamérica y Colombia sufrieron grandes déficits comerciales con ese país.

Brasil, ya la octava economía del mundo si se calcula el PIB por la paridad de poder adquisitivo, por delante de Rusia, India, Corea del Sur, España y Canadá, se está convirtiendo en una potencia regional cada vez más importante: los mercados latinoamericanos absorben el 26% de sus exportaciones y proveen el 18% de sus importaciones y además son el destino del 17,5% de las inversiones directas de sus empresas. En cinco años, entre 2002 y 2007, Brasil ha triplicado sus exportaciones, de los 57.000 millones a los 161.000 millones de dólares.

Aunque nadie saldrá indemne de una recesión en EE UU, todos esos datos indican que ese país ha dejado de ser el único “gigante imprescindible” de la globalización.

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