25 junio 2024
evacuaciones médicas en 1982

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Por el Comodoro-Médico VGM (R) Fernando Espiniella

Jefe de la Sanidad de la Fuerza Aérea en las Islas Malvinas

La implementación del bloqueo naval desde el 12 de abril de 1982, (ya los submarinos atómicos del Reino Unido estaban en aguas jurisdiccionales de nuestro país) y el bloqueo total (aeronaval) desde el 28 de abril por parte de los británicos, en este último caso ya la Fuerza de Tareas Británica (Task Force), se hallaba en el mar argentino próximo a las Islas Malvinas con el total de la flota aeronaval enemiga, nos planteaba un gran problema en el futuro: abastecimiento de material y la llegada de personal sanitario que se había solicitado con el visto bueno del Jefe del Componente Aéreo en Malvinas el Brigadier Luis Guillermo Castellano.

Personalmente pensé ese 12 de abril que quedaríamos definitivamente aislados del continente sin posibilidad de recibir material médico y de evacuar a los heridos que la guerra produjera. El paso del tiempo me demostró que mis conclusiones eran erróneas (gracias a Dios) y así lo demostraron los 33 aterrizajes de los valiosos C-130 “Hercules” y sus heroicas tripulaciones.

Por lo que yo pensaba, mis solicitudes al continente eran para cubrirnos con bastante material y por largo tiempo durante el hipotético aislamiento.

El 1º de mayo el ataque británico de aviones en la madrugada y barcos al mediodía, me hizo pensar en un desenlace muy próximo, a pesar de que nuestra artillería antiaérea derribó y alejó a los Sea-Harrier que desde ese día no volvieron a realizar vuelos rasantes sobre el aeropuerto y el poblado por temor de ser derribados, como ocurrió.

Mientras tanto tres barcos británicos (dos fragatas y un destructor), durante el mediodía efectuaban fuego impunemente sobre el aeropuerto y otros blancos terrestres, pues nuestra artillería costera no tenía alcance para afectar a los invasores.

Todo cambió después del mediodía, cuando escuchamos el rugir de los motores a reacción de los aviones argentinos que se dirigían a atacar a los barcos y estos emprendían la retirada, uno de ellos desprendiendo una gruesa nube de humo negro.

¡No estábamos solos…! Se me ocurrió decir “llegò la caballería aérea muchachos”; mientras en Puerto Argentino la decepción se transformaba en alegría y gritos de “¡Viva la Patria!”, “¡Viva la Fuerza Aérea!” tronaban en el poblado. La presencia de nuestros aviones en el cielo austral nos hacía sentir más argentinos que nunca. Otro ánimo nos embargaba. El heroísmo de nuestros cazadores nos erizaba la piel. El patriotismo nos hinchaba del pecho.

Los días posteriores, con el aumento de heridos nos llenó de preocupación, pues pensábamos que el Hospital Militar Conjunto sería rebalsado por las bajas y deberíamos usar el hospital malvinense y aun así se me ocurrió que si precisábamos lugar para instalar a las bajas, deberíamos usar la iglesia católica Saint Mary, que estaba casi frente a la oficina de LADE en la  calle principal, colocando las camillas en su interior. Por suerte no hizo falta llegar a ese extremo.

Afortunadamente desde el 6 de mayo, todo cambió para sorpresa nuestra; después de nuestro frugal almuerzo en el Hospital Militar Conjunto recibo una llamada del comando desde el cual un oficial amigo de la FAA me anunciaba que cerca de media hora “llegaría un amigo” (es decir un avión otras veces les decían “una lata”) en el cual podíamos evacuar los heridos que teníamos (en total quince, siete de nuestra fuerza). Avisé con cierta euforia la novedad y nos pusimos a cargar los heridos en las ambulancias; como ya lo expliqué en oportunidad anterior, los de la Fuerza Aérea lo hicimos a todo vapor porque el tiempo apremiaba. El avión descargaría personal y material y sin parar motores y emprendería el vuelo de regreso al continente lo más rápido posible ante el peligro de que se les acercaran buques, aviones Sea-Harrier o helicópteros británicos. Todo siempre bajo el control del radar de Fuerza Aérea. Así se los comenté a los integrantes del Ejército Argentino, pero realizaban la carga de los heridos en los Unimog como si estuvieran en una demostración ante el público, en modo lento y con todas las formalidades de una exhibición; a pesar de mi insistencia siguieron igual por lo cual decidí partir en nuestra ambulancia Ford F-350 rumbo al aeropuerto. Como era de esperar no llegaron al aeropuerto a embarcar sus heridos, puesto que el C-130 estuvo el mínimo tiempo necesario para carga y descarga y de inmediato decoló al continente.

El 7 de mayo, también en horario vespertino, llegó otro Hércules al aeropuerto y le avisaron al Mayor Médico del Ejército Mariano Ceballos a cargo del Hospital Militar Conjunto. Enterados todos de la llegada del avión nos pusimos a cargar los heridos en las ambulancias (los 15 del día anterior y los nuevos de la noche pasada después de la visita de los ataques nocturnos, 23 en total).

Me llamó la atención la velocidad de los colegas y camaradas del Ejército en cargar los heridos, pues lo hacían a la misma velocidad que nosotros. Terminamos la carga rápidamente y nos pusimos en marcha al aeropuerto. La ambulancia de la Fuerza Aérea al frente conducida como casi siempre por el relator de esta nota, realmente me daba placer manejarlas, la F-350 y tres ambulancias Unimog del EA detrás.

Al llegar al aeropuerto había más personas que de costumbre y entre ellas Nicolás Kasansew con su camarógrafo Lamela que filmaron el arribo del Hércules y la evacuación aeromédica. Evidentemente desde la Gobernación los habían convocado a registrar el evento.

El C-130 aterriza y se abre la rampa por donde desciende personal y material de guerra y al final insumos de sanidad pedidos oportunamente (camillas, sueros, placas de Rx, etc.).

Saludos y abrazos entre la gente que recién arribaba y los que estaban en la isla Soledad. Terminada la descarga, subimos los heridos y siempre los dejamos en el “toscano” del avión; los que estaban en camilla asegurados con vendas a las mismas para no caerse y los que podían deambular (por heridas en los miembros superiores) subían al avión por sus propios medios a veces ayudados por algún camillero. Con este proceder el avión no perdía tiempo y los tripulantes de abordo tenían la misión de asegurar las camillas en pleno vuelo.

La filmación de este día fue transmitida por el canal 7 y guardo el video de la misma; al final se muestran todas las ambulancias e incluso llevaron la ambulancia Land Rover del hospital civil de Malvinas toda pintada de blanco (las nuestras tenían color verde).

El aterrizaje de esos aviones los días 6 y 7 en horario diurno me intranquilizó puesto que podíamos ser atacados por los Sea-Harrier, los Sea King o las mismas fragatas con misiles y evidentemente no iba a quedar nadie en pie.

Afortunadamente todos los aterrizajes posteriores fueron nocturnos, siempre guiados por el radar Malvinas de la Fuerza Aérea. Algunos de los vuelos emprendidos, y ya sobre Malvinas no pudieron aterrizar por la cercanía de las fragatas británicas o por el tiempo, la niebla o el fuerte viento que cruzaba la pista por lo que el vuelo se abortaba. El Hércules tenía distintas rutas para volar a y desde Malvinas que le insumía varias horas adicionales para eludir los radares del enemigo. Igual temperamento seguían los cazas de nuestra Fuerza Aérea.

Las evacuaciones nocturnas fueron otra historia de las tantas que vivimos. El C-130 aterrizaba en condiciones marginales por la mitad de la pista intacta y con algunas antorchas a los costados y el Jefe de Turno al final de la misma guiándolos con una linterna; nos producía escalofríos de que pudiese producirse un accidente, pero la pericia de los pilotos argentinos se demostró en toda la guerra, sobre todo con los cazadores que fue motivo del asombro de los británicos que así me lo manifestaron cuando estuve como prisionero de guerra.

Al arribar el avión no paraba los motores y tomaba posición para el despegue; con nuestra ambulancia seguíamos su rodaje hasta su detención a unos 15 metros por detrás. Se abría la rampa posterior y descendía personal y material de guerra, alimentos e insumos médicos solicitados. Casi al terminar esta tarea aparecían de las sombras del aeropuerto dos clases de personajes: unos que subían por ambos costados y se habían despojado de sus insignias y buscaban un lugar en el avión (a éstos el Dr. Enrique Testa – integrante de uno de los equipos de evacuación aeromédica – los denominó “polizones”, muchos de ellos con frondosos bigotes y que evidentemente huían de la guerra por miedo o pánico)  y el otro grupo que evidentemente eran soldados, se llevaban algunos paquetes que se bajaban del avión y se perdían rápidamente en las sombras de la noche malvinense; les dimos el nombre de “mutantes”; era evidente que tenían hambre y buscaban comida y algo se llevaban. Esa primera noche se llevaron una heladerita de telgopor con unidades de sangre que nosotros necesitábamos para los heridos con grandes pérdidas de sangre.

Con este antecedente tomamos las precauciones del caso y cuando se abría la rampa del C-130 un camillero o enfermero se plantaba en su tope y resguardaba todo el material destinado a la sanidad conjunta que era bajado celosamente por sus integrantes y acomodados en la parte posterior de la ambulancia.

En estas evacuaciones nocturnas los integrantes de siempre éramos el Dr. Roberto Stvrtecky, el Dr. Alberto Fernández y yo en la parte delantera y atrás junto a los heridos iban un enfermero y un camillero; a veces a estos últimos se agregaban uno o dos voluntarios más.

Cuando los polizones subían y se mezclaban con personal de la tripulación nos dificultaba el ascenso de las camillas al interior del avión, por lo cual, a instancias de las ideas de nuestro amigo el Dr. Stvrtecky, que para la próxima evacuación imitaríamos a los jugadores del futbol americano de esta manera: los integrantes sanitarios de la evacuación con casco de acero se dispondrían dos en la parte delantera de la camilla, otros dos en cada una de las partes laterales y yo que no tenía casco (nunca lo conseguí ni tampoco me preocupé en obtenerlo) empujaría desde atrás. La orden era levantar la camilla, bajar la cabeza utilizándola como ariete y al grito de “Vamos” seguía el grito de Stvrtecky “A la carga” y salir corriendo hacia el avión, subir la rampa y depositar la camilla en el suelo (era una recorrida de unos diez metros). Las dos primeras veces varios terminaron en el suelo pues se interponían en nuestro camino, sin saber que les había pasado y rápidamente buscaron refugio en los costados del avión. Tiramos al suelo, sin querer, a un tripulante del Hércules: “Perdonà hermano” fueron nuestras disculpas, rápidamente aceptadas, y así seguimos sin dificultades hasta el final de la guerra.

Como yo iba en la parte posterior de la camilla y miraba hacia abajo veía la cara del herido. Cuando gritaba “vamos” mi cara se transformaba por los dientes apretados, los músculos faciales contraídos y la cara del herido en la corrida se llenaba de terror y me miraba como diciéndome “¡A dónde vas loco? ¡Nos vas a matar!”

Esta forma de actuar un tanto descabellada, pero totalmente efectiva nos permitió cumplir con la rápida evacuación de los heridos.

Cuando ya los depositábamos en el suelo del avión les deseaba a los heridos “¡Feliz viaje!” y les palmeaba el hombro o las manos.

El avión cerraba sus compuertas, carreteaba y levantaba vuelo perdiéndose en la negrura de la noche de Malvinas.

Regresábamos al hospital nuestro con la misión cumplida y el frio de la noche malvinense en nuestro cuerpo y nos recibía una taza de mate cocido bien caliente con un poco de “Tía María” casero que nos reconfortaba del clima helado.

El “Tía María” era producido en la destilería ilegal de la Fuerza Aérea que teníamos en el Hospital Militar Conjunto y cuyo jefe era el bioquímico Primer Teniente Alberto Fernández. De allí salió otro producto como el primer vino de las Islas Malvinas, pero eso es otra historia.